Soñar contigo
Posteado julio 17, 2010 por varilionamodeluniverso
No se como comenzar porque tengo tantas imágenes en mi mente, en mi corazón, en mi espina dorsal, en mi lado oscuro amoroso, en mi soledad. Pero tengo muchas cosas que decirte y espero entiendas mis palabras.
Es absurdo decirte que siempre te he amado porque no te conocía desde mi alumbramiento, pero nací cuando me pediste la hora en la banca de la universidad. Acepto que nunca me acerqué a ti por mi lápida llamada timidéz, pero puedo reclamarte que nunca me miraste a los ojos porque te hubieras dado cuenta que estaba enamorado.
Me conformaba con ser tu amigo y moría de celos al verte riendo de un tipo que no era yo y le compartías secretos que me negabas porque era tu confidente. Acepto que en ese momento no podía hacer otra cosa por mis enfermedades y consideraba injusto atarte a un candidato al ataúd.
Recuerdo la pelea que tuvimos cuando me notificaste que te casarías con el peor de los hombres y te lo advertí. Te pido disculpas por como te lo dije, pero el tiempo -por desgracia- me dio la razón y mucha. Me dolió lo que me dijiste y respeté la petición que me hiciste de no hablarte nunca más.
Pasaron los años y me costó trabajo encontrar a alguién que fuera como tú. No la encontré y me fui conformando con romances aburridos, sin compromiso y sin más pasión que el sexo seguro de condón y motel.
Te vi varias veces y me vi tentado a hablarte, pero respetando tu ruego, nunca lo hice y me daba la impresión que aunque pasara a tu lado gritando o echando desmadre, no existía más para tus pensamientos.
Te diste cuenta de nuevo de mi persona por cuestiones de trabajo. Me dio risa cuando te pedí la forma, hacíendome que no te conocía, y tu, buscando nerviosa el papel que estaba frente a ti y fingiendo que no me conocías. Pero no aguantaste la tentación y me preguntaste “yo te conozco”. Hice que hacía memoria y al final, acepté que te conocía.
Supuse que era un encuentro de aquellos con conocidos que se volvieron desconocidos y que no volvería a ver después que me dieras la forma que requería sellada y aprobada. Pero acudí dos veces más y platicamos nimiedades que ni a ti ni a mi nos importaba. Fue a la tercera vez, que sabía que no volvería a la ventanilla, cuando pedí tu número de celular y me contestaste “no tengo celular, mejor dame el tuyo y te llamo”. Ahí entendí que no te interesaba mi presencia y acudiste al clásico pretexto; te dije mi celular y ahí pensé que todo terminaba.
Pasaron dos semanas cuando timbró mi móvil y no conocía el número. Contesté y eras tu con tu frase “ya tengo celular, pero no encontraba el papel en que apunté tu teléfono”.
Así fue como nos volvimos a encontrar en un momento difícil de tu vida. El divorcio con el patán ese, tus problemas con tu familia y resulté ser el amigo que alejaste y volviste a recuperar.
No aguantaba mucho que me contaras las cosas que soportaste durante tu matrimonio, pero lo hacía porque me interesaba todo lo que fuera de ti y tu alrededor. Nos contábamos todo (bueno, no todo): mensajes al celular y llamadas que duraban mínimo dos horas por día.
En una ocasión juraste y perjuraste que jamás te volverías a enamorar y una relación así estaba cancelada para siempre de tus horizontes de vida. Escuché con cierto candor y me preguntaste si alguna vez me había enamorado perdidamente, me hice la que la virgen me hablaba porque mis ojos contestaban tu pregunta, pero no te fijaste.
No aguantaba verte en citas con otros hombres a pesar que eran algo pasajero; empero me daba risa cuando salía con alguna amiga y te enojabas conmigo por cualquier tontería. No comprendía el motivo de tu enojo si no sentías nada por mi.
Entonces fue hace una semana cuando, entre la borrachera del tinto y la luna llena, me dijiste que era tu mejor amigo. Ahí caí en cuenta que estaba tan enamorado de ti que no capté que jamás me amarías.
La tristeza hizo mella en mi ser y entendí que era hora de separarme de ti porque no te dejaría de amar y tu, nunca más amarías. Fue cuando estuve día a día pensando un pretexto para separarme de ti para siempre.
Hoy fue esa noche que te dije que teníamos que separarnos porque iba a salir de viaje y no sabría cuando regresaría. No me creíste y fue mi insistencia la que descompuso tu rostro.
Ante tus preguntas, no permitiría decirte que te amaba desde el día que te conocí y no podía vivir sin ti, pero no aceptaba ser sólo tu mejor amigo. No te lo podía decir a pesar que la plática se convirtió en discusión: “Pero dime por que no me quieres volver a ver”, me gritabas y yo callaba; “Hay algo que no me has dicho y me has mentido, mejor dime lo que es la verdad y nos mandamos a la chingada, pero dime la verdad”, gritabas tan fuerte que todos mejor voltearon para no sentir pena ajena.
Me sentía mal, impotente y respondí: te dí un beso en la boca que me supo a gloria, pero tan amargo como el adios planeado. No quería robarte un beso ni contestar así tus preguntas, pero me nació del alma responderte con la sinceridad.
Después del beso, quedamos callados y fue cuando te dije: “Te amo con toda mi alma. Pero tu no me amas y no quiero hacerme más daño”. Decidí dar la vuelta cuando me tomaste del cuello y me ahora tu besaste mis labios como respuesta al beso que te di.
No se que pasó y después del beso solo dijiste “no quiero que te vayas, ya perdí al amigo, no quiero perder al amor de mi vida”.
Así te fuiste a tu casa sin decir adiós. Me mandaste un mensaje que decía TQM.
Te escribo esta carta a tu correo para explicarte. No se si para mañana lo pienses mejor y me digas que ahí muere todo. Pero por el día de hoy, soy el hombre más feliz del universo y si un idiota dice que es más feliz que yo, es porque no te conoce.
Hoy toda la noche soñaré contigo, aunque esté en permanente insomio.







