Diego
Posteado julio 29, 2010 por varilionamodeluniverso
Son días que imaginan lluvias eternas sin ver el sol, así fue como Diego fue humillado de las miles de formas que se puede imaginar. El Jefe Diego ya no es más que un anciano temeroso de la muerte y del juicio del creador.
Diego ya no es el que fuma puro, sino el que aspira bocanadas de oxígeno porque está consciente que serán las últimas que hará y se ahoga en su propia respiración profunda y angustiosa.
Son tantos los enemigos que prefiere no preguntar a sus captores quien o quienes dieron la orden de privarlo de su libertad; son tantas las facturas pendientes que prefiere rezar a un creador que vomitará su presencia ante él; son tantas las humillaciones conferidas hacía sus semejantes, que el arrepentirse no le bastará para tener paz en su siguiente vida.
Diego ya no es el Jefe que con su timbre de voz aquietaba a los poderosos, es Diego el que sale semidesnudo y con los ojos vendados, humillado, temeroso, vejado, humano, terriblemente humano y dócil. Ya no es el dios ni la Coyota, es solamente un anciando mostrando su decrepitud.
Diego ya no es el hacendado que nunca dejó a sus hermanas que hombre alguno se le acercara, que golpeaba a placer a cualquiera que se atreviera a hablarles y menos platicarles de amores. Sabe Diego que no contará con los rezos de sus hermanas porque no permitió que se realizaran como mujeres de tentaciones carnales.
Diego ya no es el que golpeó hasta matar a un sacerdote por un conflicto con comuneros, no le importó, solo golpeó hasta matarlo; hoy es el Diego que tiene la certeza que el sacerdote no intercederá por él en el cielo, sino que recomendará al todopoderoso que lo mande al infierno.
Diego ya no es el que se casó solo por la iglesia con su primera esposa porque no creía en el matrimonio civil y después la engañaría tantas veces que ella, en total resignación, pedía al Jesucristo que lo cuidará y lo hiciera ver la luz. Demasiado tarde se da cuenta que se equivocó.
Diego ya no es el que nunca firmaba un documento sin leerlo 50 veces hasta estar convencido que no iba contra sus interess; hoy es el Diego que escribe carta lastimera suplicando que su familia quede pobre porque su vida vale más que 30 millones de dólares; el que de su puño y letra le dice al vástago mayor “Hijo”.
Diego ya no es Diego, sino un remedo del abandonado por el poder. Y eso, es lo que más le duele.



